En el año 1922 una galerna, con ráfagas de más de 100 kilómetros por hora, destruyó los muelles de madera y de hierro. Un hecho que sirvió de acicate para impulsar el Plan Cabello, cuyo desarrollo supuso la transformación del puerto de Vigo.
Hacia las cinco de la tarde de aquel 16 de enero de 1922 el viento cambiaba bruscamente de sudeste a nordeste, arreciando progresivamente y llegando media hora más tarde a una velocidad de más de cien kilómetros por hora. Durante dos horas el temporal golpeó la ciudad olívica. El viento, la lluvia y la marea alta sumaron sus fuerzas, elevándose grandes olas que rompieron las amarras de incontables embarcaciones atracadas en las dársenas, estrellándolas contra los muros. Algunas incluso fueron lanzadas a tierra por el oleaje. A muchos marinos la tempestad les sorprende en el mar, arrojándose al agua y siendo rescatados desde tierra. En la base de la armada en Ríos, por su parte, varios buques fueron arrastrados a la playa, quedando varados.
En la ciudad, a oscuras debido a un apagón eléctrico, llovían las tejas de las cubiertas, lo que hacía peligrosa la circulación por la calle. El tráfico de tranvías estaba suspendido. En estas circunstancias Amador Montenegro se movía, según él mismo cuenta en su «Historia íntima de Vigo», arrimado a las casas, tratando de llegar hasta las Avenidas. Allí estaban amarrados los trasatlánticos Andijk, de la Holland American Line y el noruego Karl Skogland, de la Skogland Line. La fuerza del temporal impulsó a ambos barcos, que garrearon contra los muelles de madera y de hierro, destruyéndolos casi simultáneamente en un dantesco espectáculo. Vigo, el puerto con mayores ingresos aduaneros del país, quedaba prácticamente sin líneas de atraque para su intenso tráfico de buques.
Hacia las siete y media de la tarde la tormenta amainaba, prolongándose en la noche los vientos racheados. El Ayuntamiento procedía a convocar una reunión de urgencia ante la magnitud de lo sucedido. A las cinco muertes que había provocado el temporal había que sumar los daños materiales, cifrados en doce millones de pesetas, una gran suma para la época. En el puerto de Vigo, sin embargo, la desgracia iba a ser convertida en una oportunidad.
El Plan Cabello
La actividad del Ingeniero Director de la Junta de Obras del Puerto, Eduardo Cabello, se multiplicaba. De inmediato se comienza la limpieza de la chatarra y restos de los muelles, mientras representantes del Ministerio de Obras Públicas se desplazaban a Vigo para informar acerca de los daños. En un mitin celebrado poco después de la catástrofe ciudadanos de Vigo reclamaron al gobierno central la presentación urgente de un proyecto de ley, otorgando al puerto un préstamo de un millón de pesetas para comenzar la reconstrucción. El apoyo de la administración permite la implementación del conocido como Plan Cabello, que había sido aprobado en 1913, con un coste estimado en cien millones de pesetas.
El ordenamiento incluye la ejecución del muelle de costa en O Berbés, la dársena de Guixar, el muelle de Comercio y el muelle de Trasatlánticos, con su imponente estación de pasajeros, además de diversos rellenos y el tendido de vías férreas. Un plan que consolidó el crecimiento del puerto de Vigo en años venideros, impulsado por el viento de aquella galerna de 1922.