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La catedral que se le escapó a Vigo

El arquitecto vigués Manuel Gómez Román fue el elegido en el año 1948 para diseñar una
basílica que contó con el apoyo del obispo Fray José López Ortiz, el productor de cine
Cesáreo González y hasta de Francisco Franco.

La penuria económica que atravesó España en la década de los 50 fue la responsable de que Vigo no contase con una gran basílica de corte catedralicio (solo puede haber una catedral por diócesis) en pleno centro de la ciudad.

Monseñor Emilio Álvarez Martínez, vigués ilustre, convenció al obispo diocesano Fray José López Martínez para la construcción de este templo que acogería la forma de basílica en plena Gran Vía. En aquellos años había una batalla en pro de la construcción de los nuevos templos, que había tenido como resultado la creación de las parroquias de San José, Nuestra Señora de Fátima y San Telmo y la construcción de la iglesia de María Auxiliadora por parte de la Orden Salesiana.

El obispo y Monseñor Álvarez Martínez acudieron en el año 1948 al arquitecto vigués Manuel Gómez Román, autor de edificios icónicos como el Banco de Vigo o la Casa de Correos y Telégrafos, para proponerle el diseño de un gran templo basilical para la ciudad olívica. Este aceptó el encargo al considerarlo «buena y realizable a plazo breve». Monseñor Álvarez Martínez consiguió la adhesión a la causa del Cofrade protector Cesáreo González Rodríguez, empresario cinematográfico vigués y fundador de Suevia Films, quien hizo suya la idea hasta el punto de lograr una entrevista con Francisco Franco el 28 de marzo de 1951. El entonces Jefe del Estado aplaudió la idea, llegando a adoptar como propia la iniciativa viguesa.

La edificación de este templo parecía cercana, pues fue anunciado por el obispo durante la colocación de la primera piedra de la parroquia de Fátima que pronto se haría lo mismo con el nuevo templo. Pero la situación económica no era desde luego la ideal para la asunción de grandes proyectos, con el país sumido todavía en la autarquía y un obispado empujado por las necesidades que difícilmente pudo ir respondiendo a la demanda de nuevos templos.

El proyecto quedaría en el tintero, en parte quizá por el fallecimiento de su principal promotor, Emilio Álvarez Martínez, en 1954.

La quiniela de Vigo


El popular juego de apuestas habría sido creado a principios de 1946 para ayudar a sufragar las obras del Hogar y Clínica San Rafael, situado en Coia y destinado a la atención infantil, una vocación de beneficencia que mantuvo posteriormente.

El 22 de septiembre de 1946 echaba a andar La Quiniela, el juego de apuestas por excelencia del fútbol español. En aquella primera jornada no llegaron a jugarse cuarenta mil boletos, de los que sólo sesenta y dos resultaron premiados. El sistema, muy complejo, requería acertar el resultado de los siete partidos que entraban en disputa, o en su defecto el ganador o empate, asignándose los premios mediante un sistema de puntos. En los cuarenta eran muy comunes en España las apuestas informales en torno a los resultados futbolísticos, un deporte cuya popularidad crecía constantemente, por ello no es de extrañar que un año antes del nacimiento de la actual Quiniela una peña de amigos inventara en Vigo un pequeño sistema para ayudar a la construcción del Hogar de San Rafael.

La historia comienza con la fundación que los hermanos de San Juan de Dios realizan en unos terrenos en Coia, donde desean edificar un hogar y hospital para niños cuya construcción arranca en 1935 bajo la batuta del distinguido arquitecto vigués Antonio Cominges Tapias, autor de emblemáticas obras de nuestra ciudad como la iglesia de la Soledad o la actual sede de la Fundación Celta de Vigo en Plaza de España. El magno edificio proyectado por Cominges provoca la dilación de las obras, siendo inaugurado y bendecido el 29 de agosto de 1943, aún incompleto y varios meses después del ingreso del primer paciente en las instalaciones hospitalarias.

Para solventar el problema de la conclusión del hospital, y según cuenta Amador Montenegro López en su libro “Historia íntima de Vigo”, una peña de amigos propone a los hermanos la organización de un juego de apuestas que dio comienzo en enero de 1946, coincidiendo con el inicio de la segunda vuelta en la temporada futbolística. El propio director del centro, Miguel Ángel Martínez Fariña, oriundo de Ourense, impulsó la puesta en marcha del sistema, que implicaba el reparto y recogida de los boletos y material por los bares de la ciudad y que se basaba, al igual que la futura Quiniela, en un difícil sistema de puntos, siendo necesarios al menos 130 para tener derecho a premio.

Aquella primera y única experiencia, que nunca contó con la aprobación explícita del Ayuntamiento o del Gobierno Civil, tuvo cierto éxito, hablándose de ella en medios de comunicación dentro y fuera de Vigo, y extendiéndose la práctica fuera de la ciudad. Esto proporcionó sin duda beneficios al Hogar de San Rafael, que percibía un 45% de los ingresos de cada boleto vendido, curiosamente el mismo porcentaje que poco después La Quiniela destinaría a beneficencia. Tal éxito sería el principio de su fin, pues siguiendo a Montenegro la administración se apodera del juego de los hermanos de San Juan de Dios, implantándolo a nivel nacional y con incumplidas promesas de mantener la aportación benéfica a la construcción del hogar, que sería terminado finalmente en 1947.

“La loza de Pontesa suena a porcelana”


En 1961 se inauguraba, con la presencia de Francisco Franco y destacados personajes de la vida política y económica, la fábrica de loza Alfares de Pontesampaio, perteneciente al Grupo de Empresas Álvarez y una de las más avanzadas de España.

El jueves 14 de septiembre de 1961 resultó una larga jornada para el Jefe del Estado, que tras desembarcar en A Laxe procedía a inaugurar la Estación Marítima y el Monumento a los Caídos en el Castro, para visitar más tarde la fábrica de Citroën-Hispania en la Zona Franca de Vigo. Más allá del mediodía Franco llegaba a las instalaciones de Pontesampaio, donde ese mismo año Moisés Álvarez O’Farril había puesto en funcionamiento una industria, conocida como Pontesa, destinada a la fabricación de loza.

Supuso un día memorable en el que además del Jefe del Estado estaban presentes varios ministros y autoridades: el alcalde de Pontevedra Filgueira Valverde, el Cardenal y Arzobispo de Santiago Quiroga Palacios, Pedro Barrié de la Maza o Sánchez Cantón, los trabajadores y una gran multitud de vecinos y curiosos, según cuenta el amplio reportaje de la Hoja de los Lunes. Acompañado en todo momento de Moisés Álvarez y sus hijos Franco presenció la ceremonia de bendición de la factoría para inmediatamente recorrer las naves de la misma, atendiendo a las explicaciones que sobre el proceso de fabricación le eran ofrecidas, y que “fue recogiendo con viva atención”. El industrial le obsequiará con una bandeja “artísticamente decorada con diversos motivos gallegos” antes de que Franco vuelva a Vigo para inaugurar en las Cíes el monolito en su ofrenda, derribado en el año 2008. Tras ello, y antes de sentarse a la mesa con sus seiscientos empleados, Moisés Álvarez O’Farril pronuncia un sentido discurso en el que hace varias referencias a las dificultades que había tenido que superar y a las que tendrían que enfrentar sus hijos. No se equivocaba.

La nave de Alfares de Pontesampaio está ubicada junto a la desembocadura del río Verdugo y tiene una superficie de trece mil metros cuadrados que albergaban una de las más modernas industrias del país en la época. Dedicada a producir loza fina y ordinaria, azulejos y material sanitario, la sociedad exportaba parte de su producción a países de Europa y América del Sur, destacando el hecho de que competían e incluso superaban en calidad la producción de otros países punteros como Gran Bretaña, una afirmación que se fundamenta en que la loza de Álvarez “es más blanca, más compacta y suena a porcelana”.

El largo ocaso

Los orígenes del Grupo de Empresas Álvarez se remontan a Manuel Álvarez, ourensano emigrado en Cuba que en 1927 crea en Vigo la empresa “Manuel Álvarez e hijos”, dedicada al comercio de porcelana, loza y cristal, aunque pronto asume la producción del material, con un rápido crecimiento: en 1931 la sociedad ya tiene una fábrica en la calle Ecuador y tres tiendas en la ciudad olívica. A la muerte del fundador en 1938 sus hijos continuarán con el negocio familiar, siendo especialmente relevante la figura de Moisés Álvarez que lleva al grupo a sus momentos de mayor expansión, con más de cinco mil empleados, cinco plantas industriales y decenas de sucursales de venta por toda la geografía nacional.

En los setenta la compañía comienza a pasar malos momentos, agravados por la muerte de Moisés Álvarez en 1975. Poco después la empresa es intervenida por el INI, que se hace cargo de ella hasta 1991, mientras poco a poco el Grupo de Empresas Álvarez va teniendo más problemas para su supervivencia, pasando por reducciones de personal, suspensiones de pagos o cambios en la gestión. A pesar del cierre definitivo de la compañía en 2001 resta todavía resolver el proceso judicial en torno a las irregularidades en la liquidación de la sociedad.

La agonía de Massó se prolonga


Se cumplen más de doscientos años del origen de una de las empresas conserveras más importantes de Galicia, cuyos restos se han convertido en un icono de la Ría de Vigo.

Massó Hermanos inauguraba en 1941 una de las factorías conserveras más modernas de Europa en los terrenos que poseían en O Salgueirón, en Cangas do Morrazo. El complejo contaba, además de la fábrica, con instalaciones dedicadas a producción de harinas, aceites de pescado y envases, economato, comedor, guardería, viviendas para empleados e incluso un hotel para los trabajadores solteros. Recientemente se impulsaba una senda peatonal entre las playas de O Salgueirón y Areamilla que revaloriza la zona, permitiendo a los vecinos acercarse a disfrutar de un patrimonio arquitectónico y ecológico que está en riesgo.

La familia Massó, originaria de Blanes, había instalado en Bueu una primera factoría de salazón de pescado en 1816. La empresa se consolida creándose la sociedad Salvador Massó e Hijos, con la que el grupo realiza la transición del salazón a la conserva de pescado, y posteriormente Massó Hermanos que hacia 1900 daba trabajo a más de seiscientos trabajadores. En plena Guerra Civil comienzan la construcción de la factoría de Cangas, diseñada por el arquitecto Jacobo Esténs y el ingeniero Tomás Bolíbar, dedicada a la conserva de pescado y marisco pero integrando las distintas actividades del proceso y dando empleo a más de mil quinientas personas. Un complejo que destacaba especialmente por la asistencia que ofrecía a sus trabajadores y que le valió en 1943 la concesión del título de Empresa Ejemplar.

La actividad de la fábrica se paraba en 1994, tras lo cual los debates en torno a su nueva puesta en marcha con diversos usos han sido constantes, destacando el controvertido proyecto de construcción de un puerto deportivo y viviendas de lujo por parte de la empresa Marina Atlántica, anulado en el año 2005. Más de veinte años después el paisaje es desolador con la mayor parte de los edificios en ruina, especialmente la gran factoría, vallada y con las ventanas cegadas, estando además tanto el hotel como el comedor ocupados. Este último, situado en la antigua conservera de Paganini, se levanta junto a un pequeño tesoro botánico de Cangas donde encontramos una imponente araucaria de Norfolk así como magnolios, falsos cedros de California o varias palmeras canarias que están sucumbiendo a la plaga del Picudo Rojo. Un espacio referente para los vecinos de Cangas do Morrazo que sigue prolongando su agonía.

La universidad del pueblo


El 26 de septiembre de 1886 se inauguraba la Escuela de Artes y Oficios de Vigo, una institución permanentemente ligada al desarrollo y educación gratuita de la clase obrera de nuestra ciudad.

La apertura del centro, situado en una casa propiedad de su presidente Augusto Bárcena en la calle Circo, hoy Eduardo Iglesias, tiene lugar con la presencia de destacadas autoridades vinculadas a la ciudad como Eduardo Chao, Jenaro de la Fuente, Manuel Diego Santos o el propio Urzáiz. La matrícula, abierta en aquel primer momento para estudiantes a partir de los catorce años, incluía materias eminentemente prácticas como Aritmética, Álgebra, Geometría, Física, Química, Dibujo y Contabilidad Industrial, siendo calificado el centro docente en aquellos años como el primero de Vigo.

El inmueble era de una sola planta, resultando insuficiente desde el principio para las necesidades de la escuela. Pronto el indiano José García Barbón, destacado filántropo de la ciudad olívica encarga al arquitecto francés Michel Pacewicz el diseño de un nuevo edificio, cuyos planos estarán listos en 1897. Construido entre las calles García Barbón y Pontevedra, el conjunto se enmarca en un estilo ecléctico-historicista con elementos neogóticos y neorrománicos, existiendo dos volúmenes separados por un patio. Este monumental inmueble será donado por su propietario a la ciudad de Vigo en 1904, a condición de que se mantuviera “en beneficio de la clase obrera, a cuya instrucción, cultura y progreso, van unidos el progreso, adelanto y cultura de los pueblos.” Es decir, la permanencia de una enseñanza obrera y gratuita.

Durante décadas el horario permanece inalterable: las clases se adecúan al turno laboral, impartiéndose entre seis de la tarde y nueve de la noche. Los cambios durante el régimen de Franco también se dejan notar en los planes de estudios de la Escuela de Artes y Oficios, encontrándose por ejemplo la Religión como materia en 1957 junto a Oficinas, Idiomas y Artesanía. Las asignaturas se enseñaban a través de cursos de varios niveles. En el año 1963 la matrícula era de 840 alumnos y 401 alumnas, aunque se estimaba que hasta un 50% se darían de baja por motivos como el servicio militar o contraer matrimonio.

En aquel tiempo el Ayuntamiento realizaba gestiones para adaptar la escuela a las directrices de la Formación Intensiva Profesional, proyecto que motivó el planteamiento de una reforma sustancial del edificio de Pacewicz. Apenas bocetada, la obra consistía en completar la planta alta y unir totalmente los dos inmuebles con la consecuente ruptura de la armonía de ambas fachadas y la pérdida de las balaustradas y remates de las terrazas. Una reforma que por suerte, no se llegará a realizar. Conocida durante años como la Universidad Popular, la institución se mantiene hoy día como un organismo autónomo dependiente del Concello, dedicado a la formación gratuita en artes y oficios artísticos, y situado en una de las joyas arquitectónicas del Vigo metropolitano.

Una catedral de hormigón


La panificadora, ejemplo de los comienzos de la edificación en hormigón en nuestra ciudad, aguarda una decisión sobre su futuro tras haberse convertido en imagen del progreso y del abandono industrial de Vigo.

La panificadora es un edificio destacado en la historia de la arquitectura viguesa especialmente por su originalidad, único en su época a escala nacional. Siguiendo al historiador Francisco Pérez Fernández en su libro Arquitectura industrial en Vigo (1898-1939), el diseño tiene su raíz inspiradora en la ingeniería norteamericana desarrollada desde mediados del siglo XIX, exportada a Europa y principalmente a Alemania a través del Movimiento Moderno de arquitectos como Le Corbusier o Gropius. Precisamente alemanes son los ingenieros, Otto Werner, Jorge Buchl y Carlos Kohl que junto con el arquitecto vigués Manuel Gómez Román se encargan del diseño de la industria.

La iniciativa partía del empresario Antonio Valcarce García, quien en 1917 promueve la creación de la Compañía Viguesa de Panificación, que se constituye en 1920, encargando tres años más tarde a Gómez Román la realización de una fábrica para la sociedad en la zona conocida como “Campo de redes” entre las calles Santiago, Cachamuíña y Falperra. Tanto Valcarce como su cuñado y socio Ángel Reboreda habían viajado por el extranjero visitando varias instalaciones de aquel tipo. Su propósito era introducir en el mercado un pan barato y de buena calidad que les permitiera competir con la producción tradicional.

«primera y única en España»

En noviembre de 1924 se inauguraba la industria, de cuyas obras se había encargado el contratista Eugenio Alonso, y manifestando la prensa que la fábrica era la “primera y única en España de producción automática”. Unos días antes había desembarcado en Vigo Fernando Blockinger, procedente también de Alemania, para dirigir una planta que contaba con molinos, hornos para la elaboración de pan y silos para el grano. El inmueble sufre diversas ampliaciones a lo largo del tiempo, como la construcción de los cuatro primeros silos entre 1929 y 1932, la continuación con seis silos más, que alcanzan una altura de 24 metros, y por último, entre 1959 y 1962, la edificación de la calle Falperra donde se ubicaron diversos comercios.

La compañía contaba con su propio parque móvil para efectuar el reparto de pan en toda la provincia, fábrica de harinas, talleres, gasolinera, depósito de agua o central eléctrica, llegando a alcanzar una producción diaria de cuarenta toneladas de pan. En los años sesenta la sociedad ya no se encuentra en sus mejores momentos, mientras que la muerte de su fundador en 1978 provoca la progresiva quiebra y suspensión de pagos en 1981, cesando en la producción la planta de la Falperra.

Con sus casi 9.500 metros cuadrados de superficie y dominada por la silueta de los diez silos, coronados por la característica habitación de control, la fábrica da una imagen de los inicios del hormigón como material de construcción en la ciudad olívica, todo un símbolo del rápido desarrollo de aquel Vigo metropolitano. Desde el cierre el espacio ha sobrevivido al paso del tiempo, vandalismo e incendios, barajándose todo tipo de opciones de recuperación.

El Club Náutico levanta amarras


Tras un fracasado primer intento, en 1926 llegaba a buen puerto la iniciativa del insigne vigués Gerardo Campos para fundar el Club Náutico, cuya primera sede social fue un velero anclado en la Ría.

Consideraba el periodista ribeirense Manuel Lustres Rivas que Vigo era un pueblo divorciado del mar, una urbe que vivía de espaldas a su principal recurso a pesar de que “más allá de Redondela, hacia el interior se cree, unánimemente, que Vigo es un pueblo de marineros.” El escritor galleguista, represaliado al comienzo de la Guerra Civil, hacía estas reflexiones en el libro “Vigo en 1927” donde en un breve texto glosa la historia del Real Club Náutico de Vigo.

La semilla se plantaba en 1925, cuando Gerardo Campos Ramos recibe la presidencia de la sección Club Náutico dentro de la Asociación Popular, institución impulsada por el alcalde Gregorio Espino y encargada de la organización de festejos. Formada por ilustres ciudadanos aficionados y vinculados a la vida náutica como Humberto Álvarez, Carlos Bárcena de Andrés, Camilo Molíns, Tomás Calvar o Manuel Borrajo, el primer objetivo de la agrupación es crear un núcleo social bastante en calidad y cantidad para mantener el Club. La primera junta directiva para los años 1926 y 1927 estaba presidida por Estanislao Durán. Entre los proyectos que manejaba la sociedad se encuentra la organización de una semana de regatas a vela o de una gran competición de lanchas motoras, que se convertiría en un escaparate más para la industria naval viguesa.

La sede social elegida será un pailebote, embarcación similar a una goleta, de elegantes líneas y donde el doce de septiembre de 1926 se celebraba la inauguración oficial del Club. El interior del buque hubo de ser adaptado para poder albergar una asociación de estas características: en invierno las embarcaciones y yates eran guardados en las bodegas, con diferentes pañoles para el almacenamiento de velámenes, embarcaciones de remos o la lancha automóvil del Club. Contramaestre y marinería del velero, conocido como Klosofic y fondeado frente al muelle de viajeros, tenían también sus camarotes en el mismo, completando el suntuoso conjunto el bar-restaurante, el tocador de señoras o la biblioteca, ubicada en la popa del barco. En la cubierta, por su parte, se organizaban fiestas y eventos, bajo la protección de una toldilla.

La visita del rey Alfonso XIII en septiembre de 1927 supone un acontecimiento de gran relevancia para un Club que apenas contaba un año de vida. El monarca es recibido a su llegada a la ciudad en el embarcadero del Club, un concurrido lugar de recreo donde se celebraban conciertos y bailes, siendo Gerardo Campos el encargado de cumplimentar al rey en nombre de los socios, y pidiendo a Alfonso XIII que aceptase la presidencia honoraria del Club. Recién llegado a Madrid, Su Majestad comunicaba a través del Duque de Miranda la aceptación de este honor, pasando a denominarse la agrupación Real Club Náutico de Vigo.

El día que Vigo conquistó Pontevedra


En el contexto del levantamiento progresista que da lugar a la regencia de Espartero, a finales de 1840, Vigo reivindica su propia provincia, que consigue por breve tiempo.

El primero de septiembre de 1840 comienza en Madrid el levantamiento que terminará por aupar a la regencia a Espartero, héroe del Abrazo de Vergara que había puesto fin a la Primera Guerra Carlista. A gritos de ¡Viva la Libertad! ¡Viva la Constitución de 1837! Vigo es una de las primeras ciudades de Galicia en sumarse al alzamiento el día diez, organizándose una Junta Revolucionaria presidida por el fomentador catalán Ramón Buch Díaz. Miembros de la misma son Agustín Curbera, el alcalde Ramón Abeleira Menéndez, Vicente de Vicente o Santiago Filgueira, que ejercía de secretario. En pocos días el levantamiento triunfa en toda la geografía española.

Pero la nueva etapa política no había hecho sino alentar la antigua reivindicación viguesa de una provincia propia, reclamada desde el comienzo por la Junta Revolucionaria de Vigo y reconocida por el Capitán General de Galicia, Martín José Iriarte. Los pontevedreses, por su parte, recelaban ante la posible marcha de ciertas dependencias, algo que no tarda en confirmarse cuando el Comandante General de la provincia Pedro Ramos Matador ordena pasar a Vigo las oficinas militares de la capital del Lérez. El Jefe Político y la Junta de Pontevedra se oponen a sus directrices, pidiendo Ramos Matador ayuda a la Junta de Vigo.

Siguiendo al cronista José Mª Álvarez Blázquez, al atardecer del 3 de octubre de 1840 emprendía el camino una columna de la Milicia Nacional viguesa con destino a Pontesampaio, engrosando sus filas en Redondela una compañía de granaderos. En la madrugada del día 4 los acontecimientos se precipitan: el Comandante Ramos Matador, apostado a las afueras de Pontevedra, rechaza un ataque enviado desde dentro, ordenando a la columna viguesa forzar la marcha y juntarse con él en Ponte Boleira. A mediodía, la tropa se encuentra reunida a las puertas de la capital.

La columna viguesa insta a la ciudad a rendirse, iniciándose un proceso de negociación cuyo principal punto de desencuentro era el deseo por parte de la Milicia Nacional de Vigo de acuartelarse indefinidamente en la capital, a la espera de órdenes de la superioridad. Sobre la una de la tarde grupos de milicianos salen desordenadamente por las puertas de Pontevedra y atacan a la tropa viguesa. Una de las dos piezas de artillería olívicas abre fuego contra la torre de la iglesia de la Peregrina, provocando la huida de los pontevedreses y la rendición de la capital. La columna viguesa desfiló hasta el cuartel de Santo Domingo donde se alojó, ocupando la población hasta el 8 de octubre, día en que el Capitán General de Galicia da la orden de retirada de la Milicia Nacional.

La efímera provincia de Vigo

El 21 de octubre de 1840 comienza la publicación del Boletín Oficial de la Provincia de Vigo, que comprendía los partidos de Vigo, Tui, Redondela, Ponteareas y A Cañiza, quedando la frontera con la provincia de Pontevedra en el río Verdugo. Mantenida a duras penas, no llegan siquiera a organizarse instituciones como la Diputación ni la Jefatura Política. A primeros de noviembre un Real Decreto dispone que, en tanto no se dirimiese la cuestión, se reunificara la provincia y continuara Pontevedra ostentando la capitalidad. Ramón Buch disuelve a finales de mes la incipiente estructura, dejando de publicarse el Boletín en su noveno número.

Antonio Cominges, el arquitecto infravalorado


El arquitecto Antonio Cominges fue un profesional que ha dejado su impronta estilística en la imagen de la ciudad, con obras emblemáticas como el instituto Santa Irene o la Gota de Leche.

El 27 de enero de 1987 fallecía en Vigo, su ciudad natal, Antonio Cominges Tapias, que a lo largo de cincuenta años había desarrollado una prolífica carrera, especialmente en nuestra ciudad. Titulado en 1923 por la Escuela de Arquitectura de Madrid, practica además la docencia en la Escuela de Artes y Oficios de Vigo hasta 1964, entrando también de este modo en contacto con canteros locales. Como manifiesta la investigadora Marta Vilas Rodríguez la figura de Antonio Cominges ha pasado casi inadvertida para la historiografía, incluso la arquitectónica, lo que no deja de ser llamativo en un profesional que ha ocupado un papel de importancia en la construcción de nuestra ciudad a lo largo del siglo XX, especialmente en el terreno religioso, ya que Cominges diseña la mayor parte de los edificios religiosos que se construyen entre 1924 y 1974, años que dura su desempeño profesional.

Esta asociación da como resultado que entre 1950 y 1954 el arquitecto proyecte hasta siete edificios dedicados al culto, entre los que se encuentran la iglesia de Fátima o el templo de la Soledad en el Castro, que más adelante serán convertidas en iglesias parroquiales. Pero se encarga también de espacios más funcionales como colegios, conventos, hogares, vinculados a instituciones religiosas. Ejemplos destacados son el colegio Mariano, en la calle Urzáiz o especialmente el recientemente demolido San José de Cluny, en la Gran Vía, diseñado en 1929 y uno de los primeros edificios de la ciudad construidos con hormigón armado. Mención aparte merece el monumental Hogar San Rafael, en Coia, cuya construcción comienza en 1935 y se demora por doce años.

Pero no todo era arquitectura religiosa. En el ámbito civil construye viviendas como el chalé para Enrique Lorenzo, en la Plaza de España, hoy sede del Real Club Celta de Vigo, ocupándose por ejemplo del diseño del Instituto Santa Irene, fruto tardío del legado del indiano José Policarpo Sanz y donde desde hace tiempo los vigueses reciben el nuevo año. Su labor como arquitecto de la Caja de Ahorros Municipal de Vigo le lleva también a ocuparse de trabajos como el colegio Hogar, aunque es sin duda su participación en la construcción de la Escuela Naval Militar de Marín uno de los proyectos que más reconocimiento le aportan.

Una estética que identifica a la ciudad

Antonio Cominges bascula entre los lenguajes regionalista e historicista, que practica a lo largo de su carrera y que dotan a su obra de una continuidad fácilmente reconocible. Influenciado por profesionales como Manuel Gómez Román o Antonio Palacios, llega a colaborar con este último dirigiendo la ejecución del Convento de las Salesas Reales en Teis. Los diseños de Cominges parten de un esquema academicista, que dota a sus construcciones de una gran monumentalidad y cierta sobriedad, que el arquitecto trata de romper empleando adornos regionalistas o barrocos como el uso de pináculos en los remates, dando muestras de un gran virtuosismo en el uso de la piedra.

El arquitecto sin titulo


Jenaro de la Fuente Domínguez, quizá el proyectista más relevante de la arquitectura viguesa, poseía en realidad el título de maestro de obras, hecho que le llevó a ser demandado en varias ocasiones por la Sociedad de Arquitectos de Galicia.

El 13 de abril de 1874 el proyectista vallisoletano Jenaro de la Fuente Domínguez, que contaba apenas 22 años, llega a Vigo tras haber sido destinado a la Comandancia de Ingenieros. El lugar que pisa es un núcleo de 12.000 habitantes que comprende, además del Casco Vello, los barrios del Salgueiral, Falperra, Berbés y Arenal, y donde aún persisten restos de las murallas. Será esta la ciudad en la que Jenaro de la Fuente desarrolle la mayor parte de su carrera profesional, estableciendo, por ejemplo, en 1892 su estudio en la Calle Marqués de Valladares con esquina a Velázquez Moreno. También donde pase el resto de sus días. El 19 de mayo de 1886 Jenaro de la Fuente contrae matrimonio con Isolina Álvarez Moyano, con la que tiene cuatro hijos: Jenaro, Isolina, Vicenta y José.

Titulado en Madrid en el año 1871 como maestro de obras, la ley permitía únicamente a Jenaro de la Fuente Domínguez trabajar en proyectos de carácter privado, pero no en obras oficiales o edificios públicos aunque fueran de propiedad particular, como podían ser los dedicados al culto, beneficencia, espectáculos, mercados, etcétera. A pesar de ello en 1894 el vallisoletano recala en la Dirección Facultativa de las Obras Municipales de Vigo. La Sociedad de Arquitectos de Galicia demanda al proyectista ante el Ministerio de la Gobernación, acusándole de excederse en sus legítimas funciones, fallando en 1908 el Tribunal Supremo en contra de Jenaro de la Fuente. Una nueva demanda, presentada en 1911, tendrá sin embargo un fallo favorable al vallisoletano, ya que sus trabajos tenían el visto bueno del Gobernador Civil. La corporación municipal, por su parte, apoya al técnico, que sigue ocupando su puesto y realizando obra pública hasta su muerte en 1922.

Soñando un París en Vigo

Y es que el proyectista concentra en sus años de actividad la gran mayoría de proyectos particulares realizados en la ciudad, a expensas de arquitectos como Manuel Felipe Quintana, Benito Gómez Román o más tarde José Franco Montes o Jacobo Esténs, con una actividad profesional muy reducida. Son unas décadas, en la transición entre el siglo XIX y el siglo XX en que la ciudad olívica disfruta de un inmejorable momento arquitectónico, económico, social y cultural, gestándose el Vigo metropolitano. Los nuevos propietarios exigen que el exterior del edificio refleje su potencial económico y social, generándose una sinergia creativa que concibe la ciudad como una obra de arte. Siguiendo el recientemente publicado estudio de Jaime Garrido sobre Jenaro de la Fuente Domínguez, sólo en Vigo se conservan 79 inmuebles en que su autoría está documentada, realizados entre 1878 y 1920.

Los trabajos de Jenaro de la Fuente Domínguez reciben influencias en un primer momento del eclecticismo sobrio desarrollado en ese momento por Domingo Rodríguez Sesmero y su hijo Alejandro. Sus edificios presentan similar composición de fachada: el almohadillado y juntas rehundidas en la sillería de la planta baja, la diferenciación en el diseño de los vanos en cada planta, motivos decorativos como entrelazados vegetales, guirnaldas y, rematando la fachada, un pretil decorado con jarrones. Con el paso del tiempo los proyectos adquieren una mayor complejidad decorativa, mediante el empleo del lenguaje neoclásico y la permeabilidad a influencias foráneas, especialmente de la arquitectura francesa y poco a poco del modernismo.

Entre los inmuebles más destacados de Jenaro de la Fuente Domínguez podemos encontrar las casas para Manuel Bárcena Franco (1879), magno inmueble ubicado en el cruce entre Policarpo Sanz y Velázquez Moreno y que en el momento de su construcción fue el más moderno y lujoso edificio de Vigo. El Hotel Universal (1888), promovido por Benito Gómez González, padre de los célebres arquitectos Benito y Manuel Gómez Román. También el edificio Bonín (1909), entre las calles Areal y Oporto, realizado por encargo del indiano Manuel Rodríguez y uno de cuyos alzados se encuentra a la venta actualmente en una singular exposición sobre la familia de la Fuente. En la Puerta del Sol se ubica el edificio Pardo Labarta (1911), donde podemos apreciar la fuerza del repertorio modernista del autor. Lejos de Vigo Jenaro de la Fuente Domínguez también es ampliamente solicitado, destacando el encargo para la reforma del Pazo de Lourizán (1909), en Pontevedra, propiedad del político Eugenio Montero Ríos, y que actualmente se encuentra en un deficiente estado de conservación a pesar de ser propiedad de la Diputación de Pontevedra.

Muchas obras se nos quedan en el tintero. Proyectos indispensables de un destacado hijo político de Vigo que trascendió su profesión gracias a su habilidad, trabajando para algunos de los hombres más importantes de su tiempo y vistiendo de urbe lo que era apenas un villorrio. Parece que finalmente su ciudad adoptiva lo ha absuelto.